Baño sangriento

Agosto 26, 2008 a las 22:54 | En General |

Torre de MordorAcabo de volver de un viaje a Alcoy, ese lugar en medio de las montañas, donde he tenido la oportunidad de perder el tiempo de una forma algo distinta a lo habitual. Con esto creo que completo mis salidas veraniegas de vacaciones, para alivio de los dos miembros de la familia que deben permanecer en casa como gatos guardianes y que muestran su más profunda repulsa y su más obstinado rechazo ante la situación de soledad y abandono en la que se ven sumidos cada vez que pernoctamos fuera de casa. Sí, alguien puede objetar que no pueden hablar, ni disponen de la capacidad de raciocinio necesaria para argumentar esos sentimientos, pero como muy bien sabemos los que convivimos con felinos, hay otras formas de expresarse. Formas más sutiles y contundentes que incluyen una profusa utilización de diversos esfínteres -el aviso inicial- o una sistemática diseminación de líquidos gástricos (especialmente corrosivos con el suelo de mármol) -ahí ya empiezan a estar enfadados-. En fin, que ya he vuelto de Alcoy, donde he probado en profundidad mi 30 mm de sigma en las salidas nocturnas, y he pasado el mocho por toda la casa que, como todo el mundo sabe, es lo que más apetece después de conducir durante mil horas. Bueno, está mal que yo lo diga, pero me han quedado muy bien las fotos nocturnas (he echado en falta un tripodín, pero se lo había dejado a mi hermana). He de comentar, que, como todos sospechábamos, Saurón vuelve a estar entre nosotros y ha reconstruido la torre de Mordor. Eso sí, tras su miserable derrota a manos de unos zarrapastrosos se ha dejado de tontos adornos -su famoso ojo- y ha ido a lo práctico: un buen reloj que permitirá a su numeroso ejército de orcos una puntualidad nunca vista. Adjunto prueba fotográfica.

alcoy

Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Lo que da título a este post es el fabuloso y nunca bastante reconocido “baño veraniego”: una cita a la que mis felinos acuden siempre con una sonrisa en la cara (no suelen saber lo que les espera) y que normalmente tiene un final bastante dispar. Este año empezamos con Mitsune, que desde que lee por las noches el Mumonkan ha entrado en un modo místico que le permite soportar estoicamente cualquier líquido sobre su cuerpo mientras su mente reposa en la más profunda meditación. Realmente nos quedamos sorprendidos, porque no había ni que sujetarla. En el secado se portó algo peor pero, en general, fue un gran ejemplo para todos los gatos domésticos del mundo.
Luego le llegaba el turno a Baltasar, que, por lo que se ve, no está muy ducho en el refranero ruso y no acababa de pillar eso de “pon las tuyas a remojar”. Al principio fue bastante bien… subió dócilmente al lavabo del sacrificio donde dos musculosos y viriles brazos (los míos) lo sujetaron. No se resistía, ¿por qué habría de hacerlo? Claro, que eso fue antes de que empezara a caer el agua. Ahora empezamos a entender su reacción… después de que su antigua ama nos explicara su triste historia, su paso por Vietnam, donde cayó prisionero y le hicieron mil perrerías, su retorno a los Estados Unidos, convertido en un paria, en un vagabundo… aquel incidente con el sheriff de un pequeño pueblo, hasta que finalmente llegó a nuestras manos tras haber intentado borrar su pasado. En fin, todo es muy comprensible, pero como se puede ver yo casi pierdo un brazo, y seguramente tendré secuelas de por vida.
Supongo que la vida es así. Exhibiré con orgullo estas cicatrices, que me ganarán el respeto de muchos profesores y alumnos. Aunque creo que en vez de revelar la verdadera historia de Baltasar (cosa que me ha suplicado que no haga), diré que son la consecuencia de mi valiente enfrentamiento con unos alumnos rebeldes armados con navajas. Sí, todavía puedo verlos ahí, tendidos en el suelo, semiinconscientes, incapaces de comprender cómo un profesor sin más arma que su portatizas y una carpeta podía haberlos derrotado. “Este año… tendremos que estudiar” dijo entre estertores el cabecilla antes de desplomar su cabeza sobre el montón de cuerpos apilados.

alcoy

Terribles heridas, casi llega a la vena, con lo que habría muerto desangrado o de una septicemia.

Baltasar brilla al sol
Aquí Baltasar, el autor del estropicio, a.k.a. John Rambo.

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