¿la peste negra? ¿está seguro, doctor?

Diciembre 25, 2008 a las 10:00 | En General | Sin comentarios

Excursion San VicenteParece que fue ayer cuando la bebita corría llena de vida por la pinada de San Vicente. Quién iba a pensar que menos de un mes después estaría postrada en la cama con más de 39 de fiebre y unos extraños abultamientos en las axilas.
Esa noche mismo fuimos al hospital, no queríamos que se le cociera el cerebro dentro del cráneo y tampoco parecía responder al apiretal. Bueno, en este relato quisiera ser lo más exacto posible y describir fielmente los hechos tal y como ocurrieron, así que voy a concretar: su respuesta al apiretal era sumamente violenta. Agitaba brazos y piernas, cerraba fuertemente la boca, lloraba… pero se obstinaba en mantener la fiebre por encima de 39 y subiendo. Supongo que la idea de cocer el propio cerebro debe ser fascinante para una niña de quince meses.
Nuestro viaje hasta el hospital transcurrió con la tranquilidad que da una carretera totalmente desierta (eran más de las dos de la mañana) y una bebita que vomitó una extraña mezcla de leche y moco ardiente en cuanto la sentamos en la sillita. Sí, en cuanto la sentamos, así hay que limpiar más. Una vez allí sitio para aparcar en abundancia (¿la dimensión desconocida?) y sólo una niña delante de nosotros para pediatría (¿en serio no estamos en la dimensión desconocida?). Además, sólo dejan entrar a un familiar, con lo que me ahorro el trago de tener que asistir al diagnóstico y puedo disfrutar de una apacible lectura en la vacía sala de espera. Cuando vuelven a salir, Cuecue me presenta el informe: resfriado de la muerte del espacio exterior. No hay todavía tratamiento, pero podemos darle unos supositorios para bajarle la fiebre y suero fisiológico por la nariz para propulsar los mocos por todos sus fluidos internos y generalizar la infección (así se cura antes).
Así transcurre el fin de semana, la fiebre no vuelve a alcanzar grandes cotas pero se niega a desaparecer, las bubas siguen creciendo aunque nadie les hace caso, yo empiezo a perder la razón tras dos días sin salir de casa y descubrir con horror que el domingo no tengo que ponerme el pijama para irme a dormir porque… ya lo llevaba puesto!
Pero todo pasa y finalmente llega el lunes, el día en que vamos a nuestro querido pediatra a intentar dilucidar la luz al final del túnel, a ver si se trata realmente de un resfriado de Andrómeda o de otra cosa más… interesante. Gracias a Dios, tengo a Isabel a mi lado para ayud… ¿Isabel? Dejo la pregunta flotar en el aire y caer suavemente mientras me acerco al ominoso bulto que deforma el edredón. Sí, parece el cuerpo muerto de Isabel que no ha llegado a despertar, pero al tocarlo… ¡No! aún vive! Rápidamente corro a la cocina, abro la nevera y compruebo la triste evidencia: se puede freír un huevo en la cabeza de la pobre y yacente cuecuecilla. La cosa se complica. Le doy un paracetamol para la fiebre y le levanto con cuidado las axilas… en efecto. Parece que tendré que ir solo al pediatra, llamaré a mi madre para compartir esta alegría.
Invierno, lunes, una enfermedad desconocida asola el continente, la unidad de pediatría de Catarroja se dispone a ver pasar un nuevo día. ¿Cómo describirlo? miles, no, millones de niños se hacinan como pueden en su agonía en la amplia pero abarrotada sala, el ambiente está enrarecido y el amplificado coro de toses parece advertir al viajero que no entre si no quiere perder la salud… o la razón. Las caras de los padres denotan cansancio y un profundo aburrimiento tras la larga y agotadora espera. En una de las paredes, cuatro puertas ocultan los cubículos de los Pediatras, los sumos sacerdotes que dispensan la voluntad divina en forma de curiosas cajitas. Guillermina duerme, yo no tengo tanta suerte. Tras un milenio o dos nos toca por fin. No es nuestro pediatra habitual (parece que libra hoy) y lo cierto es que me alegro secretamente, pero tampoco parece que vaya a haber una gran mejora. Tras el enunciado de los síntomas y después de echar una larga y desaprobadora mirada al informe de urgencias del hospital (juraría que esta pediatra prefiere el cerebro en su punto y no poco hecho) palpa a la bebita, la examina y concluye finalmente: resfriado interestelar.

- ¿Y las bubas? -pregunto tímidamente-.
- Son normales, siga dándole el suero fisiológico y los supositorios si tiene fiebre. Si el viernes aún vive y continua enferma puede traerla para celebrarlo.
- Pero… -insisto- es que a veces le sangra un poco la nariz con el suero fisiológico…
- Es normal.
- Y… -parece que empieza a impacientarse- ¿no se va a dar un mucolítico para que no tenga tanto moco?.
- No, para cuando haga efecto ya se habrá curado -dice finalmente-.

Así terminó la visita al pediatra. Cuando volvimos a casa nos dimos cuenta de que volvía a tener fiebre (en el pediatra ya la noté caliente, pero no llevaba ningún huevo a mano) y tosía y moqueaba como si se fuera a acabar el mundo.
Isabel se recuperó en un sólo día, sospecho que amañó las pruebas para librarse de la agradable visita al ambulatorio. Por la noche, y tras un sangrado bastante repugnante con visibles trozos de cerebro y mocos, decidimos dejar de ponerle el suero fisiológico y darle mucolítico… por si se alarga la cosa :-) al menos pudo dormir sin toser tanto.
Y sí, me he descubierto, no hago mucho caso de los médicos, soy así de despreciable.

Y ahora unas cuantas fotos de cuando aún había algo de salud en esta casa.

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